Segundas moradas

Santa Teresa de Jesús considera estas segundas moradas del «castillo interior» como una etapa ya no tan peligrosa como la primera, donde las almas están más cerca de su perdición… pero sí bastante más trabajosa. Es cierto, eso sí, que las almas se van acercando a Dios y por lo tanto alcanzan a oir su llamada con mayor claridad.

El alma que está en las segundas moradas ha entendido que no se puede quedar en las primeras… se da cuenta de que tiene que luchar y huir de las «sabandijas» del mundo. Si entiendes la necesidad de quitar las ocasiones de pecado, ya es un gran paso adelante. Ya no existe esa «vocecilla» que nos dice que esto no es posible y no es para nosotros.

En las segunda moradas hacen falta perseverancia y buenos deseos (¡sed de ir a más!), y Dios nos espera lo que haga falta. Con la perseverancia aunque pueda parecer que no avanzamos, no se retrocede. Aunque necesario para purificarnos, el combate nos quita la paz y es muy incómodo. Conviene muchísimo rodarse de almas que están en estas moradas… o superiores, para que nos eleven, pero no juntarse con quien nos pueda arrastrar fuera del castillo.

Si el demonio ve tu determinación de perder la vida si hace falta con tal de no retroceder, convencido de vencer con la ayuda de Dios, dispuesto a pelear con todos los demonios, sabiendo que el único arma que vale es la Cruz, viviéndolo con paz… más rápido se marchará. En la Biblia se cuenta la historia de Gedeón, que venció al enemigo con sólo 300 hombres.

Más adelante llegará el maná, pero ahora toda este sacrificio, tocan las sequedades, ¡nuestra empresa es la Cruz, abrazar la Cruz! (si estoy casado, abrazar a mi esposo; si soy sacerdote, abrazar a mi parroquia…). No debemos esperar merecer ni recibir otra cosa.

El demonio no puede con la Cruz, porque ya ha sido vencido por ella. Si nos ven abrazados a la Cruz los muchos demonios huyen. Confiando en Dios se pueden superar todas las dificultades… eso sí, no vamos a entrar al Cielo sin entrar primero en nosotros mismos, considerando nuestra miseria y lo mucho que tenemos que agradecer a Dios. Si no hemos tenido un encuentro con el Señor, si no nos damos cuenta de que el Señor ha dado la vida por mi aunque yo no se lo haya pedido, no podemos tener ese deseo de encontrarnos con él.

Contemplando la Trinidad y el Cielo descubrimos lo poco que somos y lo mucho que quiere Dios para nosotros, por pura misericordia… y avivamos ese deseo de querer ver al Rey por encima de cualquier otro propósito.